Bután y la importancia de enseñar la verdadera abundancia a los niños

Bután y la importancia de enseñar la verdadera abundancia a los niños

Durante un paseo por un museo de coleccionismo de Barcelona, el Museu Marès, como en otros muchísimos museos dedicados a personas individuales, podemos ver colecciones de lo más variadas de obras de arte y objetos. En medio de la gran cantidad de objetos expuestos, me cuestiono muchísimas cosas sobre nuestra relación como seres humanos con la materia.

Y me pregunto también cómo podemos transmitirles a los niños una idea de abundancia ligado al desarrollo del ser humano, pero que a la vez respete a sus semejantes y a la Tierra.

Para ello, siento que necesito reflexionar sobre qué es la verdadera abundancia antes de acercarme a responder esta pregunta.

Analizando la idea de abundancia

La primera idea con la que asociamos el concepto de «abundancia»es la de riqueza material. Pueden incluso venirnos a la mente imágenes o símbolos de riqueza procedentes de cuentos clásicos: castillos, joyas, cofres llenos de tesoros, etc. O quizás imágenes de lo que podrían ser sus equivalentes actuales: coches de lujo, casas con piscina u hoteles de cinco estrellas.

Sin embargo, nuestra concepción de «abundancia», en el fondo, está indisolublemente relacionada con la situación personal que la acompaña. La mayor parte de personas coincidirían con que la abundancia material de nada sirve si necesidades como las afectivas, de autorealización o de salud, por ejemplo, no están garantizadas.

Así pues, podemos afirmar que cuando necesidades importantísimas de la vida no están cubiertas, el hecho de tener más o menos medios materiales, puede pasar a segundo plano. Siempre y cuando no atravesemos, claro está, el umbral de la pobreza.

Por lo tanto, podemos encontrarnos con personas que disponen de cantidades de dinero muy distintas, y que este dato no tenga nada que ver con su nivel de felicidad. Existe gente rica y de capacidad económica modesta con una vida plena o desgraciada, sin que el dinero sea una garantía.

Hasta aquí me imagino que nada nuevo, ¿verdad?. Podemos decirnos a nosotros mismos que ya lo sabíamos. Que no es ninguna novedad.

Os invito a observar si estas mismas reflexiones sobre la abundancia son válidas también cuando hablamos de grupos grandes de personas. ¿Un país es más feliz si dispone de más riquezas materiales a disposición?

Vamos a conocer la historia de Bután, un pequeño país donde se intentó reflexionar de manera muy seria sobre la relación entre felicidad y riqueza.

Bután: «la felicidad interior bruta»

Existen algunos pensadores y economistas que se están haciendo las mismas preguntas que nos hacemos los seres humanos de manera individual. El caso de Bután se considera ya como un referente de la búsqueda de nuevas interpretaciones de lo que se considera el «bienestar» de un país.

Y es que, en este país de sólo 700.000 habitantes, la felicidad del pueblo cuenta tanto o más que los datos económicos. Jigme Singye Wangchuck, proclamado cuarto rey de Bután en 1974, tras la muerte de su padre, ha pasado a la posteridad por esta famosa declaración: «La felicidad interior bruta (FIB) es mucho más importante que el producto interior bruto».

En otras palabras, Signye nos propone reconsiderar la idea de «progreso» de una sociedad. Nos  plantea la necesidad de que el desarrollo material vaya acompañado de un desarrollo, por así decirlo, holístico o espiritual del ser humano.

A nivel práctico, el concepto de FIB se sostiene sobre estos cuadro ideales:
– Un desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo
– La preservación y promoción de la cultura
– La conservación del medio ambiente
– El buen gobierno

Cada dos años los ciudadanos responden una encuesta de unas 180 preguntas. Es interesante observar a qué ámbitos corresponden las preguntas, para comprender cómo el nivel de vida es sólo un parámetro a considerar:

Bienestar psicológico
Uso del tiempo
Vitalidad de la comunidad
Cultura
Salud
Educación
Diversidad medioambiental
Nivel de vida
Gobierno

Así, algunos ejemplos de preguntas del cuestionario podrían ser:
¿En el último mes, con qué frecuencia socializó con sus vecinos? o
¿Cuenta usted cuentos tradicionales a sus hijos?

Está claro que la calidad de las relaciones personales es también calidad de vida. Pero fijáos cómo las preguntas son muy concretas: no sólo preguntan si se pasa tiempo con los niños, sino si se cuentan cuentos, una actividad que los niños aman y que enriquece también al adulto y que podemos relacionar con un tiempo de calidad, en el que la familia conecta de verdad.

Sería interesantísimo analizar todo el cuestionario para investigar su contenido. Hay muchos libros que estudiaron el caso de Bután, así que ahí lo dejo para que lo podáis descubrir vosotros mismos. Las ideas que obtengáis tal vez os sirvan como material, por ejemplo, para estudiar economía en casa o en la escuela.

En cualquier caso, y volviendo al ejemplo de Bután, es interesante observar cómo el mensaje y la preocupación de su rey se ha ido reflejando, poco a poco, en otros ámbitos de nuestra sociedad.

Sin ir más lejos, en 2011 la Asamblea Nacional de la ONU aprobó una resolución que declara que la felicidad es un «objetivo humano universal».

Desde que el rey de Bután acuñó el concepto del FIB, han sido muchos los gobiernos que han comenzado a debatir sobre la posibilidad de ampliar el concepto de bienestar de un país, yendo más allá de lo estrictamente asociado a la economía.

Otro ejemplo de esta voluntad de cambio se pudo observar en 2014, cuando en La Paz se reunieron los gobiernos de México, Ecuador, Uruguay, Bolivia y Venezuela para encontrar modos para medir el «vivir bien» en un «Encuentro Internacional para la métrica del vivir bien, felicidad y buen vivir».

En un documento discutido en este Foro se reflejaba la idea de que es más probable conseguir la supervivencia de nuestro planeta Tierra si nos enfocamos en valores como la felicidad o el buen vivir.

La abundancia y lo material

El gran problema ambiental al que nos enfrentamos hoy en día tiene que ver, entre otras cosas, con la construcción de un concepto de abundancia que sólo está relacionado con algunos aspectos del ser humano.

Los motivos por los que nos inclinamos, sin darnos cuenta, hacia un concepto de bienestar estrechamente relacionado con la abundancia material, son complejos. Con el desplazamiento a grandes ciudades, la industrialización y la fabricación de objetos en serie a bajo coste, nuestra relación con «lo material» ha cambiado completamente.

Separados de los procesos de producción de muchas de las cosas que usamos cotidianamente, somos menos conscientes del impacto de la fabricación de las mismas.

La transformación social y económica de nuestra sociedad se ha llevado a cabo a una velocidad mayor de la que nos ha permitido desarrollar la consciencia de sus causas y consecuencias. Tanto en nosotros mismos como en nuestro planeta.

El desarrollo de la conciencia del coste de crear una cantidad increíble de objetos, en muchas ocasiones de breve uso y/o superfluos, ha llegado mucho más tarde de la fiebre que nos ha arrastrado a consumir sin medida.

La velocidad a la que nuestras sociedades se han «desarrollado» nos ha impedido en muchos casos reflexionar sobre el precio de lo que dejábamos atrás. Gracias a proyectos como «The Story of Stuff» (La Historia de las Cosas), de Annie Leonard, hoy no tenemos excusa: podemos aprender qué recorrido y qué impacto tienen nuestras elecciones de compra y hacerlo, si lo deseamos, de modo consciente.

Y no sólo hablamos de las consecuencias para el planeta u otros seres humanos. La abundancia mal entendida nos aleja del desarrollo de habilidades importantísimas para la vida como la tolerancia a la frustración, la paciencia, o la alegría de generar crecimiento a partir de las propias capacidades y no de lo que se posee. 

Experiencias como las de Bután, aunque tengan lugar en sociedades tan distintas a la nuestra, pueden servirnos de inspiración para hacernos preguntas, aunque las soluciones que encontremos las adaptemos a nuestra cultura y prioridades personales.

¿Cómo vivir la abundancia de modo sostenible y cotidiano?

Comparto con vosotros una lista de pensamientos y acciones que, bajo mi punto de vista, también son abundancia, y que podemos integrar en nuestra vida cotidiana, siendo un gran ejemplo para nuestros hijos.

Desarrollar el sentimiento de gratitud. Podemos aprender a concentrarnos en lo que tenemos, y demostrar gratitud en el uso de palabras que dedicamos a los demás.

Autocuidado. Dedicar tiempo a las cosas que nos cuiden a nivel físico y anímico, y que no hacemos por motivos de productividad u obligación. Leer, escribir, darse un baño, etc.

Aprender cosas nuevas. Estar activos mental y anímicamente a través de la formación continua, sea laboral (si tenemos la suerte de trabajar de algo que nos guste) o con el desarrollo de un hobby.

«Conectar» con los nuestros. Disponer cotidianamente momentos de relajación con nuestros seres queridos, en los que poder compartir con calma nuestras alegrías, e inquietudes y conectar de manera profunda. La verdadera conexión requiere tiempo y buscar los momentos más adecuados, según la edad de cada uno.

Dedicarse a algo creativo. Desarrollar nuevas aficiones a través de alguna materia artística, sobretodo si nuestro trabajo no incluye esta faceta. Podemos elegir la disciplina que nos guste más: dibujo, pintura, canto, tocar un instrumento, bailar, modelar, etc.

Ser útil para los demás. Podemos vivir esta experiencia en nuestro trabajo diario. En realidad, una gran parte de los trabajos que ejercemos están basados en mayor o menor medida en la cobertura de bienes o servicios para otras personas. Sería ideal trabajar en descubrir los propios talentos y convertirlos en una forma de ganarnos la vida.

Si, por el motivo que sea, no sentimos que estemos aportando lo suficiente a la sociedad, podemos buscar infinidad de caminos para ser útiles a otros.

Si lo deseamos, podemos dar un paso más ayudando en alguna organización como voluntarios, en algún ámbito que consideremos importante: acompañando ancianos o limpiando un bosque, por ejemplo. O simplemente podemos estar más presentes para aquellos que lo necesiten cerca de nosotros. Puede que tengamos un vecino anciano que viva solo, y podamos cocinarle de vez en cuando algo y tomar un té con él.

Cultivar relaciones sociales constructivas. Dedicar tiempo al cultivo de la amistad con otras personas llenará nuestra vida de momentos de risa, complicidad, apoyo, y comprensión profunda del ser humano.

Conectar con la naturaleza. Dar paseos en entornos naturales es un excelente recurso para bajar los niveles de estrés y reconectar con uno mismo. Nuestro entorno nos ofrecerá más o menos posibilidades a este respecto, pero con un poco de organización, siempre podemos encontrar un pequeño espacio verde cerca de nuestra casa o a una distancia aceptable, en el que disfrutar del paso de las estaciones.

Estos son algunos ejemplos de lo que podríamos llamar “abundancia cotidiana» que en ocasiones pasan a segundo plano por automatismos o falta de tiempo. No siempre es posible elegir la cantidad de tiempo del que se dispone, pero sí realizar pequeños cambios de organización o de prioridades. Podemos realizar elecciones a corto, medio o largo plazo para encaminarnos un poquito más hacia la vida que nos gustaría vivir.

¿Cómo enseñar este concepto de abundancia a los niños?

Como hemos dicho en tantas ocasiones, un modo de enseñar valores es a través de nuestro propio ejemplo. Los niños construyen su visión del mundo durante mucho tiempo gracias, en buena parte, a las experiencias que viven cotidianamente con los adultos que les acompañan.

Los espacios y el ambiente que crean los adultos para ellos será parte de su educación: un conocimiento que adquirirán a partir de las acciones y elecciones que ellos realicen, y no de conocimientos teóricos.

Para los niños el tiempo pasado con sus familias, el tiempo de juego con los amigos, disponer de horas para el desarrollo de sus aficiones o para el aburrimiento «creativo», son vivencias que les ayudan a sentirse ricos, felices, abundantes.

También podemos enseñarles a través del ejemplo un modo distinto de relacionarnos con la materia, reduciendo la cantidad de objetos con los que vivimos y dando mayor importancia a las experiencias vividas que a aquellas «compradas» y basadas en lo material.

Los niños, sobretodo cuando son pequeños, necesitan pocas cosas materiales para ser felices. Un acompañamiento adulto amoroso de padres y profesores, en entornos que permitan el contacto con la naturaleza, en cambio, sí será importantísimos.

Como también lo será ofrecerles ambientes de aprendizaje que no caigan en la hiperestimulación, el cansacio extremo, ni la competitividad.

Una educación que ayude a descubrir cuáles son sus pasiones y sus habilidades, y que ponga medios para la construcción de su propio camino, será esencial.

Pero también es de suma importancia que el adulto sea un ejemplo de esta concepción de abundancia, incluyendo en su propia vida momentos de autocuidado, de cultivo de lo que le hace feliz y de descubrir el placer de ser útil a los demás.

Y es que para que podamos realmente construir una nueva idea de abundancia no vinculada sólo a lo material con los niños, el trabajo interior del adulto será clave.

Si bien enseñar matemáticas, o incluso economía, es algo necesario en su formación de los niños, es todavía más importante cuidar el modo en el que se explican estas materias.

Es necesario que cuando se transmita el concepto la riqueza a los niños no nos limitemos a relacionarlo con lo material, sino que lo pongamos en relación con el ser humano en toda su complejidad y con su relación con los recursos naturales.

No se trata de hacer apología de la pobreza o de renunciar a ciertas comodidades del mundo material. Lo importante es que los niños comprendan, desde muy pequeños, que la felicidad no se mide sólo en términos de dinero o patrimonio.

La percepción de la propia abundancia

Una última reflexión. La apreciación de la propia abundancia tiene que ver con muchos factores, que no siempre tienen que ver de manera objetiva con lo que se posee.

Por ejemplo, los factores temperamentales pueden tener un gran peso. Hay quien ve el vaso medio lleno o medio vacío. Y no sólo eso: hay quien no ve el vaso y busca la jarra; quien tiene miedo de que se rompa el vaso, quien se preocupa de llenarlo de nuevo o quien comparte su contenido. Hay mil modos de ver la realidad, y además pueden cambiar según el momento de nuestra vida.

Pero salvo en casos muy extremos, en los que pueda existir una limitación real por ejemplo por enfermedad, o en casos de gran crisis como muertes de allegados o verdadera pobreza, la percepción de la propia abundancia se puede cultivar y mejorar.

Y es que puede ser que estemos condicionados por creencias que nos estén afectando más de lo que pensamos, como por ejemplo: pensar que no merecemos abundancia por nuestra clase social o habilidades, o que es imposible vivir de lo nos gusta. Y tantas otras ideas que podemos haber aprendido en nuestra infancia o cultura. Es necesario ser conscientes de en qué lugar estamos, para poder mejorar en la percepción de lo bueno que tenemos o que potencialmente podemos desarrollar.

En cambio, para promocionar la percepción de la abundancia en los niños no es necesario dar grandes charlas, sino que podemos crear las condiciones para que esa percepción se dé de manera natural, a través de vivencias.

Si conozco el frío, sabré lo que es el calor. Lo mismo ocurre con la austeridad y la abundancia: es más fácil comprenderlas en profundidad desde la práctica y no desde el plano teórico.

Podemos crear entornos para los niños menos cargados de objetos, dedicar días especiales para celebraciones o comidas, regalar grandes cosas sólo en grandes ocasiones. Podemos promocionar modos de que aprendan a esperar, para que puedan desarrollar valores como la prudencia, la austeridad o la paciencia.

Si cada día comemos comida festiva, si cada día queremos -como nos indica alguna publicidad- que sea un “día especial” y abarrotamos nuestras agendas y vidas, paradójicamente, no podremos percibir la abundancia. El efecto de tal «empacho» de materia y de actividad es el contrario del que muchos nos prometen.

Sin moderación, sin tiempo para digerir, deleitar, disfrutar o sorprenderse, no es posible percibir los regalos de la vida, ni los materiales, ni los más vivenciales.

De nosotros depende, al menos en parte, que nuestros niños se vinculen a un concepto de abundancia mucho más cercano a lo que podríamos llamar felicidad o plenitud. Pongamos al menos nuestro granito de arena para que puedan comenzar a construirlo.

Ayudémosles a atravesar las puertas de lo material e individual y acompañémosles, con nuestro propio ejemplo, hacia una nueva forma de vivir la riqueza en la que el crecimiento personal no esté reñido con lo material, y donde los demás y el planeta también tengan cabida.

Una idea de abundancia equilibrada, holística, compartida, sostenible, justa y personalizada, lejos de abusos, obligaciones y clichés, en el que el objetivo último no sea acumular materia, es mucho más completo. Para ello, en realidad, necesitamos mucho menos: sólo aquello que cada uno requiera para un desarrollo consciente. La buena noticia es que sí es posible hacerlo en sintonía con la Tierra y con los demás.

¿Cuál es vuestro concepto de abundancia? ¿Qué experiencias tenéis hablando de estos temas con los niños?

Podéis coger ideas en la experiencia de Bután, u otras de las muchas a las que podéis acceder hoy en día para crear nuestra propia fórmula, pero sea como sea la construcción de un nuevo modo de ver la abundancia pasa por observar con otros ojos nuestro ritmo y modo de vivir y reformular nuestras prioridades. Podéis también hablar sobre ello con los niños, veréis cómo, en muchos casos, sus respuestas os sorprenderán por su sabiduría.

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Maria Folch. Artista licenciada en Bellas Artes, educadora artística, terapeuta de Flores de Bach  y Reiki, asesora para familias y escuelas formada en Crianza Natural, formadora de maestros sobre temas relacionados con la creatividad y comunicación positiva.

Para cualquier duda puedes escribir a: maria@mariafolch.com

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