Secuencias de pintura, fotografía y viajes. La velocidad a la que vivimos

Secuencias de pintura, fotografía y viajes. La velocidad a la que vivimos

Hoy os traigo el texto e imágenes de una de una exposición de pinturas realizada en Barcelona en 2007, inspiradas en varios viajes a Escocia e Irlanda de la artista y educadora artística Maria Folch. 

Algunos de los temas sobre los que reflexiona son: nuestra relación con las fotografías, la necesidad de acumular, nuestro modo de viajar no sostenible, la falta de presencia en la velocidad a la que vivimos, nuestra relación con la cultura de la imagen, o la pintura como medio para vivir un tiempo más lento y humano.

Un texto que me parece especialmente vigente en este momento histórico, en el que es necesario que nos cuestionemos si el modo superficial y excesivo en el que vivíamos y viajábamos tiene sentido que persista. ¡Espero que os guste!

«Secuencia. Dingle IV». 130 x 97 cm. Óleo sobre tela.

«Un viaje cualquiera a tierras más o menos lejanas, como Escocia o Irlanda. Unas vacaciones, tal vez a la búsqueda de un supuesto paraíso perdido, un alejamiento de quién sabe qué o quién, son algunos de los motivos que nos empujan a viajar. Actualmente la democratización de los precios de los vuelos nos ha vendido el producto «escapada» como una nueva manera de viajar. Un servicio pensado para llegar, fotografiar y así poder demostrar que «hemos estado».

¿Qué es exactamente la fotografía doméstica de viaje? ¿Un medio de expresión? Acaso una extensión de la memoria? La respuesta difícilmente sea única y universal. Pero a pesar de la estremecedora cantidad y variedad de fotografías de este tipo que se realiza diariamente, en ellas podemos entrever algunos rasgos comunes. Tal vez uno de los más importantes sea algo característico de nuestra sociedad: la necesidad de poseer, de acumular. La mera pretensión de inmortalizar la complejidad de un momento, tratándolo de encajar en un minúsculo rectángulo, no es otra cosa que un inútil intento de cosificar el tiempo, con el fin de poderlo conservar como un objeto más.

Y dado que el concepto de posesión no incluye sólo aquello material, sino cualquier otra cosa que pueda colaborar en la construcción de la propia identidad y de la imagen que queremos dar a los demás -conocimientos, recuerdos, habilidades, experiencias…-, en este sentido viajar puede convertirse en una demostración de estatus, y la fotografía en la prueba documental, además de un souvenir o un recuerdo.

Este tipo de fotografías es sólo una ínfima parte de las imágenes que cohabitan con nosotros, tanto las que buscamos voluntariamente como las que se nos presentan de manera forzada y a veces incluso incómoda; tal es el caso de aquellas que nos llegan a través de las numerosas plataformas generadoras de publicidad. La gran paradoja consiste en que la publicidad nos invita a vivir el momento, pero los estímulos visuales a los que nos somete nos lo impiden, forzados como nos encontramos a tomar decisiones sobre cosas que en muchos casos no nos interesan, como por ejemplo porqué novedoso modelo de teléfono cambiar nuestro móvil actual que funciona a la perfección.

¿Cuántas imágenes somos capaces de retener en medio de este verdadero alud de spam visual? ¿Cuál es nuestro flujo y ritmo de pensamiento y cómo afecta esto a nuestro mecanismo de memoria? ¿Influyen de algún modo las interferencias visuales sobre aquello que verdaderamente queremos recordar? Vivimos inmersos en un océano de imágenes. Un nuevo hábitat al cual nos hemos adaptado con mayor o menor dificultad, pero que es cualquier cosa menos natural. Nuestro «modo de ver» -como diría John Berger»- es único en la historia de la humanidad. La mochila que llevamos, allá donde guardamos todas las imágenes vistas o vividas, es enorme. ¿Somos conscientes de todo lo que contiene?

«Secuencia. Antrim VIII». 200 x 160 cm. Óleo sobre tela.

No deja de ser curioso cómo no sólo han sido las imágenes las que se han multiplicado, sino que también lo han hecho nuestros ojos. Disponemos, además de los fisiológicos, de otros digitales que se han convertido en un verdadero apéndice de nuestro cuerpo: las pantallas de las cámaras, del cine, de la televisión, del móvil, del ordenador… Todas ellas nos ofrecen visiones rectangulares, como rectangulares eran, en general, las que nos ofrecía la pintura antes de que le arrebatara el trono todo este abanico de avances técnicos.

Son visiones rectangulares, pero también múltiples, en movimiento o repetidas, a veces hasta la saciedad. Repetición que llega a anular cualquier sentimiento que no sea el de la indiferencia que genera encontrarse ante cualquier cosas reproducida mil y una veces, ya sea un objeto, un paisaje -donde se ha viajado-, una obra de arte o una noticia.

Multiplicidad, repetición, tiempo, movimiento: en el fondo características inherentes a la propia vida. Nuestro modo de ver no sólo cambia en función de nuestro imaginario colectivo, sino que se multiplica al mismo ritmo que van cambiando los diferentes roles que ejercemos: padres, hijos, profesionales, ciudadanos…

Y es que detrás de la vastedad de opciones que la vida presenta intrínsecamente, se encuentran las tomas de decisión. Desde las más inocentes a las más trascendentales, todas ellas vienen acompañadas de distintos tipos de sensaciones, de pensamientos, en los cuales las imágenes vistas juegan un papel importante.

«Secuencia. Lago II». 60 x 30 cm. Óleo sobre tela.

Incluso detrás de un hecho tan banal como decidir qué fotografiar, o lo que sería lo mismo, de juzgar qué o quién puede ser susceptible de ser recordado, en el transcurso de aquel breve instante en que buscamos el momento, el encuadre, y la luz ideales, entra en juego gran cantidad de informacíón consciente e inconsciente. Cada fotografía tomada significa que algo se ha removido por dentro, que se ha establecido de modo más o menos casual una conexión entre algo del mundo exterior con nuestro yo más íntimo.

Podríamos decir que cuando uno se encuentra delante de una tela en blanco sucede algo parecido a cuando es preciso escoger un motivo para fotografiar. ¿Qué pintar? Es entonces cuando entran en juego los archivos visuales de cada uno: como consumidor, ciudadano o tal vez como persona que trabaja en el ámbito de las artes. En este caso, estos archivos se multiplican exponencialmente, añadiendo a la infinidad de imágenes del mundo, toda la diversidad de lenguajes artísticos y de códigos pictóricos.

La serie de cuadros que presento la llamo «Secuencias» porque son para mí fragmentos de estos inmensos archivos visuales de la memoria, que no pretenden en ningún caso mostrar la realidad de manera «objetiva».

Son imágenes contaminadas de mi experiencia personal, que he presentado desprovistas de personas, con el fin de que puedan hacer la función de escenarios vacíos extraídos del mundo visible, donde otros puedan reencontrarse con más facilidad con su propio imaginario; tal vez haciendo realidad la imposible fantasía de llegar a un destino turístico para descubrir en solitario y por primera vez su belleza.

«Dingle b/n I». 70 x 50 cm. Técnica mixta sobre tela

En definitiva, son la confluencia de viajes, fotografías, recuerdos e incluso interferencias visuales, pero sobre todo lo que hay es mucha pintura. Y también encontramos, no sé muy bien si la contradicción o la necesidad, de utilizar una disciplina de ejecución lenta, que contrasta frontalmente con la inexorable velocidad a la que se suceden las cosas a nuestro alrededor.

Pintar puede convertirse en una filosofía, una manera de entender el tiempo, e incluso una suerte de meditación activa, que a través de un contagio agradable y silencioso, acabe imponiendo su ritmo a otros ámbitos de la vida.

Maria Folch. Agosto 2007

Para ver más obras, visita su página web: www.mariafolch-art.com

Para encargos de pequeñas impresiones en papel de acuarela y cianotipia, escribid a: info@mariafolch-art.com. Piezas únicas.



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