Siddhartha y el valor de saber esperar

Siddhartha y el valor de saber esperar

Uno de los museos menos conocidos de Nueva York es el Museo Rubin, situado en el barrio de Chelsea en Manhattan, dedicado al arte oriental de India, Himalaya y regiones cercanas. El lugar es realmente inspirador, no sólo por el contenido de sus obras, sino también por la tranquilidad que en él se respira, debido en parte al hecho de que no sea uno de las visitas prioritarias de los turistas.

Me detengo ante una de las obras, una pequeña escultura dedicada a explicar la vida de Budha. Tengo la suerte de encontrar un guía que me acompaña para acompañar la visita de alguna explicación. Fruto de la conversación con el guía, recojo la recomendación de leer el libro “Siddhartha”, que está ambientado en la India y que me comenta puede serme útil para acercarme a algunos principios budistas. Así que, una vez leído el libro, me aventuro a compartir algunas de las ideas que me ha sugerido su lectura, siempre desde un punto de visto subjetivo.

Siddhartha es una obra del escritor y pintor alemán Herman Hesse escrita en 1922, la cual relata un viaje iniciático ambientado en la India, fruto en parte de su propia búsqueda espiritual. La historia de Siddhartha ofrece numerosas posibilidades de interpretación, en función del momento vital que estemos atravesando. Se trata de un libro del que es posible extraer muchas reflexiones aprendizajes aplicables a la vida cotidiana y que puede ser absolutamente actual.

Para comprender algunos de los mensajes del libro, es positivo acercarse a la filosofía budista y a su visión de la vida, aunque sus mensajes pueden ser comprensibles aunque no se conozca en profundidad su mirada.

Las cuatro nobles verdades del budismo

La noble verdad del sufrimiento
La noble verdad del origen del sufrimiento
La noble verdad del origen de la cesación del sufrimiento
La noble verdad del sendero que conduce a la cesación del sufrimiento

Simplificando muchísimo: según los budistas, todo es sufrimiento, dolor. El origen de ese dolor es la ignorancia del hecho de que todo es impermanente. Sufrimos porque nos vinculamos a las cosas y personas y quisiéramos que nada cambiara, o deseamos continuamente nuevas cosas, alejándonos de la gratitud hacia lo que ya tenemos. Hay mucho más sufrimiento cuando vivimos en el pasado deprimiéndonos por lo que ya no está o en el futuro, deseando lo que aún no ha llegado, que cuando aceptamos el presente tal, nos traiga o no todo lo que esperábamos.

Que en la vida hay un parte de sufrimiento resulta comprensible si observamos determinados momentos determinados de la vida: la enfermedad, la soledad de la vejez, muerte de seres allegados, pobreza, etc. Este tipo de sufrimiento sería el más extremo, sin embargo, puede haber sufrimiento en otros momentos de la vida menos duros. Cuando no conseguimos lo que deseamos, materialmente, o no alcanzamos una meta profesional o personal, podemos experimentar sufrimiento, o en otras palabras, frustración.

Y aquí es donde me detengo un momento. ¿De qué depende nuestra tolerancia a la frustración? ¿Es posible evitarla, o al menos entrenarse para mejorar nuestra resistencia a ella? ¿A qué edad se puede comenzar a construir herramientas para superar la frustración?

Uno de los momentos del libro de Siddhartha en el que, bajo mi punto de vista, aparecen estas ideas reflejadas, es cuando el protagonista del libro es preguntado acerca de sus habilidades para la vida, y responde que es capaz de “pensar, esperar y ayunar”. Mi sensación es que en estas tres habilidades están escondidas muchas de las soluciones a las situaciones difíciles que la vida en ocasiones nos presenta, y que pueden ser entrenadas.

Para entrenar el saber pensar, esperar y ayunar en la vida cotidiana, podemos hacerlo a través de varias vías: cuando la vida nos presenta la oportunidad, o entrenarnos con pequeñas situaciones que podemos crear para ese fin.

¿Cómo trasladar esos principios a situaciones reales?

Saber pensar puede ser aplicable a cualquier trabajo. Podemos acostumbrarnos a pensar antes de hacer, analizar distintas posibilidades y a ver las cosas con distancia.
Saber esperar puede significar tener paciencia para dar tiempo a que un proyecto de sus objetivos, o esperar a que otra persona termine su propio proceso, respetando sus ritmos y prioridades.
Saber ayunar puede tener mil lecturas, no hablamos solamente de comida. Saber ayunar puede significar saber vivir con menos durante un tiempo para invertir tiempo y energía en un objetivo concreto. La crianza puede ser un momento de “ayuno” económico, en el que se recortan gastos de los recursos que antes se dedicaban a cosas para uno mismo y que ahora se usan para tener más medios para invertir en los hijos o simplemente, ganar tiempo para estar con ellos.

Reflexionar acerca de nuestras dependencias, económicas, afectivas, y buscar modos para ser un poco más libres y vivir con más paz interior, es sin duda uno de los objetivos que Siddhharta nos plantea.

La espera y la infancia

Siento especial curiosidad por ligar las enseñanzas de Sidharta al mundo de la educación. ¿A qué edad el niño es capaz de tolerar la frustración? Investigando un poco sobre este tema, he visto que los menores de cinco años, cuyo cerebro está todavía en formación, tienen poca capacidad de autocontrol. Aunque esto no quiere decir que no se pueda acompañar su frustración desde antes, cuando no consiguen las cosas que desean y ayudarles siendo respetuosos con los sentimientos que surgen cuando no consiguen aquello que desean. Para un niño menor de cinco años puede ser proporcionalmente igual de importante no conseguir ponerse un zapato que para un adulto perder un trabajo o algo similar. Los pequeños necesitan entrenarse, como decíamos, a través de las situaciones que la vida les presenta, las cuales tendrían que poder vivir sin ser sobreprotegidos. Esas experiencias, cuando son acompañadas siempre por un adulto amoroso, pueden ayudarles a aprender a su debido tiempo a “pensar, ayunar y esperar” simbólicamente hablando, teniendo en cuenta la capacidad de tolerancia a la frustración de la que son capaces según su edad de desarrollo.

A veces creo que no es necesario hacer grandes cursos para aprender a esperar. Si vivimos siguiendo el ritmo de las estaciones y de la naturaleza tenemos a nuestro alcance la oportunidad de aprender muchísimas herramientas prácticas: comer los frutos de cada estación, vivir las estaciones del año con plenitud, etc. Las tradiciones que cada familia construye durante el año también enseñan a esperar, a disfrutar de un día especial, que se caracteriza por ser distinto de los del resto del año.

He encontrado muchos artículos que advierten de los peligros de regalar demasiadas cosas a los niños, por ejemplo, durante las Navidades. Incluso algunos psicólogos aconsejan no ofrecerles más de cuatro regalos, y nos recuerdan que entre esos cuatro siempre debería estar presente alguna cosa necesaria, y no meramente superflua. Si el niño tiene demasiados regalos durante el año, no valorará lo que recibe ese día, pues en realidad no apreciará el sabor distinto de los días festivos.

¿Podemos imaginarnos qué sabor tendría el turrón si verdaderamente lo comiéramos sólo durante unos pocos días de Navidad y no estuviera en nuestras mesas un mes antes? ¿Qué valor tendrían aquellas botas de montaña que habríamos estado esperando durante meses? Visto desde la óptica de las enseñanzas de Siddhartha, éstas son herramientas de crecimiento personal aplicables al día a día, y que nos van entrenando para cuando, inevitablemente, lleguen momentos en los que la vida nos pondrá a prueba más seriamente.

Algunos pensarán cómo es posible llevar a cabo semejante proeza con los niños en un mundo que promueve cada vez más la velocidad y satisfacción de los deseos inmediata. Creo que la clave está en los adultos. Los niños no necesitan grandes charlas filosóficas, ni conocer los principios budistas, necesitan adultos de referencia amorosos, y sentimientos de autocapacitación, de conseguir cosas por sí mismos a través de experiencias prácticas. Pero hay habilidades importantísimas para la vida que no pueden desarrollarse si no se crean las condiciones para ello, y en la vida de los niños, muchas decisiones que afectan a su vida son responsabilidad de los adultos, como la de decidir qué habrá bajo el árbol de Navidad.

Los niños son muy sensibles a la imitación como modo de aprendizaje. Cuando pueden encontrar en los adultos que los acompañan un ejemplo en el que reflejarse y que les ayuda a encontrar herramientas de autocapacitación, confían en que todo tendrá un sentido. Obviamente, es importante acompañar sus procesos valorando su esfuerzo, los sentimientos que nacen de sus frustraciones, y ofrecer también herramientas, alternativas y comprensión cuando no sean capaces de hacerlo. Si para un adulto son difíciles los aprendizajes de la vida, con todo el bagaje experiencial y herramientas de las que dispone, imaginemos cómo puede ser para un niño. El difícil equilibrio seguramente está en no pretender que sean pequeños adultos ni tampoco subestimar su potencial.

El mensaje práctico que me llevo de las palabras de Siddhartha, es la de ser conscientes de que la vida es una enorme escuela, y que la oportunidad a veces está en modificar cómo vivimos las pequeñas cosas de la vida cotidiana, en la que idealmente no tendríamos que caer ni en el despilfarrar recursos que dañan al planeta y a nuestras propias capacidades, ni en la que tampoco es necesario negarnos el placer de la celebración y de sentir el agradecimiento por los deseos cumplidos.

Y a vosotros, ¿os ha gustado la novela de Siddhartha? ¿Qué mensajes os ha llevado? ¿Pensáis que tiene sentido cultivar la capacidad de la espera en la vida cotidiana en la vida de niños y adultos?

Links relacionados

Herman Hesse

Obra sobre la vida de Budha del Museo Rubin

 



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